Guerrero vive, con el corazón en la mano

Guerrero vive, con el corazón en la mano

Salí de la Ciudad de México rumbo a la montaña de Guerrero el pasado viernes 19 con la ilusión que me daba visitar por primera vez esa región del estado que le dio la vida a mi familia materna. A pesar de las casi 17 horas que implicaba el viaje en un solo fin de semana, deseaba ir al aniversario número 22 de una de las organizaciones civiles con mayor reconocimiento en el país por su trabajo en la defensa del derecho a la verdad, a la justicia y a la dignidad para el pueblo guerrerense: Tlachinollan, Centro de Derechos Humanos de la Montaña.

Llegué a Tlapa, junto con mis colegas de Fundar, Centro de Análisis e Investigación, ese mismo viernes por la noche sin sentir el cansancio por la fuerza que da la presencia de cerca de dos mil personas, número aproximado de asistentes[1] a la presentación del informe y a la celebración eucarística, dirigidas al día siguiente, principalmente a los padres de los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa, a quienes les dieron la bienvenida en la Casa Católica con collares de cempasúchitl, tal y como los hindúes reciben con flores amarillas a sus invitados especiales, “para que el corazón no se apague”, como bien dijo el padre mehpá que celebró la eucaristía.

Con las flores colgando de sus cuellos y las imágenes de sus hijos entre las manos, las madres y los padres de los pueblos indígenas, como ellos mismos se presentaron, escuchaban con atención cada una de las palabras de quien fuera para mí la persona con las palabras más infalibles ante el dolor que se hacía evidente en nuestros cuerpos, de este “padre guerrillero”, como lo nombraron los padres de Ayotzi, y quien nos recordaba con sus palabras-flechas que estábamos ahí para constatar que la lucha se hace con el corazón por delante y que la paz llega cuando se hace justicia, como decía en otros tiempos Don Samuel Ruiz. Así, entre rezos, algunas madres persignaban la imagen de sus hijos para enviarles desde ahí su bendición, en tanto que otros la acariciaban, dejando entrever en ese casi imperceptible gesto, la añoranza del abrazo a ese hijo que no han podido tocar, oler, ver en casi dos años.

Y así fue como lo expresó al inicio de su testimonio Cristina Bautista Salvador, madre de Benjamín Ascencio Bautista, quien fuera la primera en tomar la palabra para compartir lo que han vivido en estos casi dos años, y prosiguió diciendo: “exigimos presenten con vida a nuestros hijos y justicia para los caídos; no nos vamos a rendir, tenemos que seguir buscando y unirnos en fuerza porque el gobierno va con todos, con los estudiantes, con los campesinos, con los maestros y no vamos a dejar que nos siga pisoteando”[2].

A su vez, Mario González Contreras, padre de César Manuel González Hernández nos hizo saber que, si bien se han prometido no llorar, “no encontrar a estos 43 hijos es una carga muy difícil” y, a pesar de que han sido juzgados, criticados, los 43 padres de familia tienen mucha más dignidad que los políticos con quienes han tenido interlocución hasta el momento pues son éstos “los que nos han masacrado psicológicamente y la verdad es que [a casi dos años] no sabemos nada de nuestros hijos, [y aunque] queríamos hacer las cosas por la vía legal, no se puede porque el estado es un criminal y no podemos dialogar democráticamente; han hecho con nosotros y con nuestros sentimientos lo que han querido”. Fue él quien recordó públicamente al compa Toño –Antonio Vivar– y pidió justicia para él y su familia, reconociendo además que ese es el tipo de gente de la montaña, la solidaria, como los Tlachis, “[a quienes] dios los bendiga por levantarnos cuando estamos cayendo, por defendernos; en estos 43 corazones están también ustedes”, e hizo un llamado a todos los asistentes para estar más de cerca pues viene, según sus palabras, lo más fuerte.

Por último, el padre de Mauricio Ortega Valero, Melitón Ortega, reconoció que el gobierno sólo ha dicho mentiras respecto del caso, pero ellos, como buenos campesinos que son, saben perfectamente que sus hijos no fueron ni quemados en el basurero de Cocula, ni mucho menos se fueron las cenizas al río San Juan: “no podemos permitir más que tengamos este gobierno, nosotros trabajamos en el campo y sabemos que estuvo lloviendo toda esa noche; sabemos muy bien que el orden y la paz es de los delincuentes porque aparecen muchos muertos en todos los municipios; no tenemos paz, no tenemos orden; nosotros ya no confiamos en el gobierno, son puras mentiras lo que nos han estado diciendo”. Todos y cada uno de ellos se presentaron ante su atenta audiencia con una playera que dejaba ver una consigna elaborada desde su más profundo sentimiento político: “moveré montañas para estar contigo”.

A pesar de que la presentación del informe no terminó con la palabra de las madres y padres de Ayotzi, escuchar estos testimonios en la montaña hicieron que viviéramos intensamente el significado de Tlachinollan -lugar de campos quemados- donde nuestros corazones ardieron, este sábado 20, clamando verdad, justicia y dignidad para el pueblo guerrerense.

 


Por Claudia de Anda

[Artículo en Animal Político ]