No basta un día

No basta un día

El pasado 9 de agosto se conmemoró el día internacional de los pueblos indígenas, fecha dada por la Asamblea de las Naciones Unidas el 23 de diciembre de 1994. Ese, como muchos de los días internacionales, sirve principalmente para recordar una causa, un pueblo, un grupo o inclusive una problemática existente. Pareciera entonces que para poder tener un “multi-perspectivismo” en la vida diaria a veces es necesario atender al calendario para pronunciarse.

El hecho de recordar en una fecha específica e institucionalizada a los pueblos, comunidades y personas indígenas puede representar varias aristas. Por una parte, sigue mostrando el importante componente plurinacional –y no sólo pluricultural como lo dice el artículo segundo de la Constitución– en el cual vivimos; así también, recuerda que estos pueblos resisten históricamente contra los yugos de la pobreza, la marginación social y la discriminación normalizada. De la misma forma, aunque pase lamentablemente inadvertido para una gran parte de la población, es imposible no reconocer el aporte idiosincrático y cultural que los pueblos originarios siguen realizando y aportando, con su simple existencia, a la dinámica nacional.

Sin embargo, la memoria de los indígenas en su día internacional también suele tener un componente adverso traducido en el trasfondo de las palabras discursivas que aparentemente denotan una política pública de inclusión pero guardan un fuerte concepto de dominación. Para poner el ejemplo más reciente, el pasado 7 de agosto, el Presidente Peña Nieto acudió a Chiapa de Corzo para “conmemorar” este día en compañía de Manuel Velasco, gobernador de Chiapas, un estado de mayoría indígena y se dirigió “a los pueblos indígenas” de esta manera:

“Ustedes son la inspiración de todo un pueblo, que es el pueblo mexicano, que quiere alcanzar bienestar, prosperidad, desarrollo, oportunidades para cada uno de los integrantes de esta gran colectividad, de esta gran sociedad. Pero lo único que nos va a permitir que esta sociedad y sus integrantes tengan esas oportunidades es generando riqueza, generando desarrollo, impulsando los cambios que hagan posible que más miembros de esta colectividad particularmente indígena se incorpore al desarrollo. Tengan ustedes por cierto que tienen en el gobierno del presidente de Enrique Peña Nieto primero a un amigo  un aliado y un apoyador permanente del desarrollo y prosperidad de los pueblos indígenas, que les respeta, les escucha y sobre todo ve en ustedes la diversidad que tiene nuestro país.”

Ante esto surgen varias dudas. 1) Si los pueblos indígenas son la inspiración de todo el “pueblo mexicano”, ¿por qué los sistemas normativos indígenas no son respetados, por qué se ponen trabas a la representación política de los pueblos en la esfera política y por qué su arte es vilipendiada al interior del país y lucrativamente abusada en el exterior? 2) ¿Por qué hay que “generar riqueza” cuando ésta ya existe y ha sido despojada, robada, ineptamente utilizada y regalada a grandes intereses económicos y políticos? ¿Por qué la riqueza de los pueblos no es tangible en esas oportunidades que dicen defender? 3) ¿Cuál es la idea de desarrollo según la administración pública federal? Y ¿Por qué aún persiste la idea de que los pueblos indígenas deben “incorporarse al desarrollo”?

Innegable es que este territorio nacional, al interior de sus fronteras humanas estatalizadas, tiene un cúmulo de pueblos y naciones que diaria e históricamente han convergido, con relaciones de poder, de dominación pero también de solidaridad. Sin absolutizar, suelen ser los pueblos indígenas quienes han dado la pauta de cómo se puede organizar y vivir en comunidad, respetando los derechos y cosmovisiones de los demás pueblos. Cuando el Estado ha entrado a las comunidades –aún en su aparente cara de mayor nobleza de desarrollo– lo ha hecho para administrar conflictos y suministrar derechos. El resultado contemporáneo de esta política consiste, en el fondo, en una auténtica política de colonización dosificada. “¿Por qué no se incorporan al desarrollo?”, les preguntan, sin considerar que existen algunos otros desarrollos y visiones de llevar esa política focalizada o generalizada.

Aunque el tiempo para los pueblos originarios es muy distinto de estos tiempos veloces, la gestación de la propuesta del Concejo Nacional Indígena al incidir ahora en la dinámica electoral del 2018 será relevante para hacer efectivo ese respeto y esa “amistad” que desde el Ejecutivo nacional supuestamente se oferta. La resistencia de los pueblos frente al Estado no debiese ser vista como una negación a la integración social de lo que llamamos México, sino como una respuesta a la continua violencia activa y pasiva que viven. Sólo hasta que sepamos reconocer que nuestra forma urbana, positiva, institucional y “mexicana” es sólo una visión de los problemas que nos atañen como a cualquier grupo humano, podremos comprender la grandeza y vida de los pueblos indígenas. Y sólo, también, hasta que la dignidad se haga costumbre…


 [ Por Andrés Díaz ]

[ Artículo en La Silla Rota ]