Construir un futuro de innovación con impacto humano

México está apostando fuerte por la ciencia y la tecnología; proyectos como el auto eléctrico Olinia y el Centro Nacional de Diseño de Semiconductores “Kutsari” dan la impresión de que por fin vamos en la dirección correcta: hacia la autonomía tecnológica, hacia un país que podría convertirse en referente de innovación. Pero la realidad presupuestal y climática de nuestro país no puede olvidarse.

Dentro del Plan México existen diferentes proyectos que podrían contribuir al fortalecimiento de la ciencia y tecnología. Un ejemplo de este impulso es Olinia, el proyecto de autos eléctricos diseñado por investigadores del Instituto Politécnico Nacional (IPN) y el Tecnológico Nacional de México, bajo la coordinación de la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación. Para 2025, este proyecto recibirá un presupuesto de 25 millones de pesos para desarrollar tres modelos de autos eléctricos pensados para movilidad urbana y reparto de mercancías, con precios estimados entre 4,500 y 7,500 dólares por unidad.

Otro caso estratégico es el Centro Nacional de Diseño de Semiconductores “Kutsari”, cuya creación fue anunciada recientemente como parte del mismo Plan México. Se trata de una apuesta estratégica por un sector clave para la independencia tecnológica del país. Las plantas del “Kutsari” estarán ubicados en Puebla, Jalisco y Sonora, y contarán con la participación de instituciones como el Instituto Nacional de Astrofísica, Óptica y Electrónica (INAOE), el Centro de Investigación y de Estudios Avanzados del Instituto Politécnico Nacional (CINVESTAV), la UNAM y el IPN.  El objetivo es que para 2027, México pueda consolidarse como productor de semiconductores para la industria automotriz, médica, electrónica y de electrodomésticos, y para ello acelerará los procesos para registrar patentes y la comercialización.

En esta misma línea, una de las apuestas más reveladoras —y simbólicamente más potentes— del Plan México es el rescate de la industria farmacéutica nacional, con énfasis en biotecnología avanzada. No es una exageración decir que México fue, hasta los años noventa, una potencia en la producción de vacunas y medicamentos. Sin embargo, tras las reformas neoliberales y la apertura comercial sin condiciones, el país perdió su soberanía farmacéutica, desmantelando capacidades industriales que alguna vez permitieron producir vacunas. La crisis sanitaria provocada por la pandemia de COVID-19 dejó al descubierto esa vulnerabilidad, México dependió casi por completo del exterior para conseguir vacunas, reactivos y medicamentos.

Con el Plan México se busca revertir ese rezago. La meta es aumentar en 15 % la fabricación de insumos, fármacos químicos, dispositivos médicos contables, ropa hospitalaria, entre otras cosas. Se espera atraer al menos 2 mil millones de dólares de inversión anual en investigación clínica, un paso indispensable para posicionar a México como un jugador global en esta industria clave para la salud pública.

Hasta ahora estos planes se escuchan. Pero basta revisar el presupuesto federal para ciencia y tecnología para notar la contradicción: para 2025, la recién creada Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación recibirá 33,295 millones de pesos, lo que representa una disminución de 3.7 % respecto de 2024. Y en perspectiva histórica, el presupuesto se ha mantenido casi estático desde 2019, fluctuando entre los 32 mil y 34 mil millones de pesos.

Para dimensionarlo, México invierte alrededor de 0.17 % del PIB en ciencia y tecnología, muy por debajo de las potencias económicas. En comparación, países como Suiza y Suecia invierten más del 3 %. La brecha es alarmante.

A esto se suman señales preocupantes en el tema ambiental. Mientras se impulsa la transición energética, el Plan Sonora —pieza clave del Plan México— incluye una inversión privada de 16 mil millones de dólares en plantas de gas natural licuado, y ya se habla de reactivar el fracking, una técnica de extracción de gas ampliamente cuestionada por sus efectos en el medio ambiente. Todo esto en un país que ya padece las consecuencias del cambio climático, con sequías prolongadas, incendios forestales y crisis hídrica en varias regiones.

Entonces, ¿cómo puede México convertirse en potencia científica invirtiendo tan poco en sus universidades, centros de investigación y desarrollo científico y tomar en cuenta el impacto en el medio ambiente? ¿Cómo generar innovación si los proyectos dependen de fondos mínimos y cada año enfrentan recortes?

México podría convertirse en un referente latinoamericano de innovación con impacto humano. Y ese futuro construye con más presupuesto, con respeto al medio ambiente y con políticas públicas que garanticen los derechos humanos.

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