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Las madres de la tierra: el rol de las mujeres de defender y preservar el territorio

Las mujeres de las regiones rurales han sido históricamente defensoras del territorio, ya sea desde la actividad agropecuaria o la forestal.

Charlie Punzo Villafuerte
Investigador en el programa de Territorio, Derechos y Desarrollo

No es posible concebir el territorio sin la presencia de las mujeres, sin su arraigo a la tierra a la que han entregado sus pasos al caminar, sus manos al labrar, sus entrañas al parir, y su sangre al defender, aceptándolo como único destino, a la par de saberse invisibles para la sociedad y sus instituciones.

Las mujeres de las regiones rurales han sido históricamente defensoras del territorio, ya sea desde la actividad agropecuaria o la forestal, no sólo por su trabajo en las faenas o como jornaleras en las zonas de cultivo, sino también como guardianas de la identidad, la lengua, la fe, y el anhelo por un mundo libre y sano para sus hijas e hijos. Es en el amor a ellas y ellos, y a su tierra que encuentran inevitablemente su rol multifacético, multidisciplinario y multitarea. Aquí recopilamos algunos testimonios, fragmentos de entrevistas, donde algunas de estas mujeres nos cuentan sobre su rol, su trabajo y sus creencias, a los que anclan su identidad y compromiso con su comunidad.

“Las mujeres aquí en la comunidad cumplimos varios roles, y a veces al mismo tiempo: trabajamos en el despacho de los asuntos, luego participamos de las faenas, cuidamos de los hijos, de los abuelos, de los enfermos; somos las que le saben a la herbolaria, entonces también sanamos. Cuando los niños están chiquitos, somos las mamás las que les empezamos a hablar en purépecha, les enseñamos de la gastronomía de nuestra cultura, de la costura; organizamos a la comunidad para las fiestas religiosas, asistimos a los comités de las escuelas, y en momentos decisivos para la comunidad en la defensa de la autonomía y de los bosques, ahí hemos participado, aunque en la representación para la toma de decisión, había sido poco el reconocimiento” [1], comparte Jennifer Martínez de 34 años, primera Presidenta mujer del Concejo de Administración Comunitaria, de Santa Cruz Tanaco, comunidad perteneciente al Municipio de Cherán, Michoacán, una de las primeras comunidades en alcanzar el reconocimiento de su autogobierno y la autonomía presupuestaria en la región conocida como la Meseta Purépecha, y que actualmente cumple 13 años del inicio de la lucha por preservar sus bosques ante la amenaza de la tala clandestina y el crimen organizado.

En el cuidado de los bosques, según el último censo agropecuario del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), 1 de cada 5 personas productoras forestales, es mujer [2], no obstante, datos del Sistema Nacional de Información Forestal (SNIF) reportan que de los 173 millones 379 mil 870 pesos que destinó la Comisión Nacional Forestal (CONAFOR) en apoyos durante el 2021 para impulsar proyectos productivos en las regiones forestales, las mujeres únicamente accedieron entre el 20% y 39% de estos apoyos [3]. La principal razón de ello, es que, pese a que legalmente las mujeres ya cuentan con derecho a la propiedad social, en algunas comunidades o ejidos, sólo pueden acceder a ella por la vía sucesoria si no cuentan con hermanos varones, y en muchas más, aún no se les permite participar con voz y voto en los comités de representación.

La participación de la mujer como titular de la autorización de aprovechamiento maderable es baja, sin embargo, a pesar de no ser consideradas en la repartición de los beneficios económicos de ello, en los últimos años se ha incrementado la participación de las mujeres en las diversas actividades del sector forestal, como la protección, reforestación y vigilancia. Tal es el caso de Karina C. ingeniera forestal de 23 años. Ella es hija de un ejidatario y no tiene acceso a la propiedad ejidal por sucesión, no obstante, es integrante de la Brigada contra incendios 031, conformada por mujeres, del ejido El Potrero, perteneciente al Municipio de Amanalco, Estado de México. “He participado en proyectos como restauración forestal, obras de conservación, como canales de infiltración, presas de piedra acomodada para evitar la erosión. He trabajado saneamiento y control de plagas y combate a incendios forestales y brechas cortafuegos. A nosotras como mujeres le hemos sufrido bastante, ha sido un camino nada fácil, mas sin en cambio estamos muy orgullosas por lo que hemos logrado, pese a los tropiezos, hemos conocido a muchas dependencias, muchas personas. Hemos aprendido a buscar organizaciones y a personas que nos cierran la puerta cuando pedimos apoyo, pero pues aquí estamos de pie y no nos damos por vencidas” [4].

De igual manera, las mujeres en las regiones agropecuarias que carecen de seguridad jurídica y derecho a la propiedad, pertenecen a uno de los sectores laborales más precarios y con mayor violencia en México. De acuerdo con cifras de ONU Mujeres, en el país existen más de dos millones de personas que trabajan por el jornal en el sector agrícola, de las cuales 12.7% son mujeres y, con sus familias, suman 8.5 millones de personas, de las cuales el 91% no cuenta con ninguna prestación [5].  Mientras que aquellas que cuentan con un título de propiedad, se han logrado abrir paso a fuerza de voluntad y con grandes barreras por razones de género en los puestos de representación, por lo que aún prevalece una deuda institucional considerable en el reconocimiento y garantía de sus derechos.

“Cuerauáperi, diosa purépecha, es nuestra abuela o Madre Tierra, creadora del hombre y la mujer, ella controla las nubes para que haya lluvia y maíz. Le hacemos su ofrenda de flores y comida para pedirle lluvia y buen temporal para la cosecha de maíz. Antier tuve mi primera junta, y vi con satisfacción cómo mi nombre apareció en el acta” [6], comparte Mónica Toledo de 35 años, primera mujer en tener reconocimiento como ejidataria en el ejido Cerritos Blancos, vecino de la comunidad de Numarán, Michoacán, quien el pasado sábado 04 de mayo tuvo su primera reunión con los ejidatarios de su comunidad para tratar la problemática del agua en la región.  Y es que son precisamente las mujeres dedicadas a la actividad agrícola quienes encabezan esfuerzos para hacer frente a los efectos del cambio climático y sus efectos devastadores en la población. Su dimensión de la problemática va más allá de lo teórico, pues en su saber logran palpar las alteraciones considerables en los ciclos hidrológicos, y la amenaza de los megaproyectos a la sostenibilidad de los recursos naturales.

La presencia de las mujeres en el campo es fundamental, tanto en el trabajo en las faenas y jornales, como en la mejora de los medios de vida rurales y el trabajo de cuidados no remunerado. Su labor se vincula a la tierra y de ésta su cuerpo como objeto e instrumento de resistencia. Es así, a través de ellas, como la defensa del territorio se extiende a las nuevas generaciones como raíz que inspira y abraza el suelo, y permite que en ellos germine la semilla del cambio de paradigma. Es por ello que la introducción de la perspectiva de género en la Ley Agraria y las acciones afirmativas constituyen un paso significativo en el reconocimiento de las mujeres como defensoras del territorio, no obstante, la estadística muestra que sigue persistiendo una deuda presupuestaria, institucional y de política pública considerable.

  1. Entrevista hecha por Cecilia Navarro, Diagnóstico Forestal 2024. Amanalco, Estado de México, 2024.
  2. Censo Agropecuario 2022 (INEGI), ver aquí
  3. Montos asignados a través de apoyos CONAFOR por género, ver aquí.  
  4. Entrevista hecha por Charlie Punzo, Mujeres en el territorio. Santa Cruz Tanaco, Michoacán, 2024.
  5. Jornaleras agrícolas mexicanas luchan por sus derechos y la protección del medio ambiente, ONU Mujeres, ver aquí
  6.  Entrevista hecha por Charlie Punzo, Mujeres en el territorio. Numarán, Michoacán, 2024.