El pasado 8 de abril, la Presidenta Claudia Sheinbaum presentó en una “mañanera” “Gas natural: estrategia para fortalecer la soberanía energética”, en su primera diapositiva mostraba que el gas fósil, mal llamado natural, es un combustible gaseoso que se utiliza en procesos industriales que requieren calor y en la generación de energía eléctrica y uso doméstico. Añade que es un combustible menos contaminante que el carbón, el combustóleo y otros productos derivados del petróleo. Curiosamente, lo que se omitió contar fue que el gas metano es el principal componente del “gas natural” y, pese a tener hasta 30 veces más capacidad de calentamiento global que el CO2, su uso en la matriz energética mundial ha aumentado 67 por ciento en las últimas dos décadas.
Coincidimos con el diagnóstico de que México tiene una alta dependencia del gas natural ya que importa más del 70 por ciento de Estados Unidos lo que tiene implicaciones que la presentación indica: sensibilidad ante variaciones internacionales, vulnerabilidad ante eventos climáticos, vulnerabilidad ante conflictos internacionales, limitaciones en el desarrollo regional, incertidumbre en la garantía de suministro y dependencia de decisiones extranjeras.
Para evitar todo lo anterior, la administración propone incrementar la producción de gas fósil mediante el fracking. Paradójicamente, la producción de gas en México lleva decreciendo desde hace 17 años. Se producen tres mil 600 millones de pies cúbicos diarios (MMpcd), 35 por ciento menos que en el máximo de 2009. Y esto también se puede constatar en lo que se presentó en la “mañanera”, pues en una gráfica dice que para 2030 se producirán dos mil 192 MMpcd y que en conjunto el país producirá cinco mil 871 MMpcd. Sin embargo, nuestro país actualmente demanda nueve mil MMpcd, esto sin incluir el 30 por ciento de incremento de la demanda que prevé la misma Secretaría de Energía. Es decir, aun incrementando la producción de gas fósil no llegaríamos a cumplir con la mitad de la energía que consumimos.
Lo que sí causaría incursionar en esta tecnología altamente contaminante del fracking son serios daños ambientales. Es una técnica de extracción de hidrocarburos que consiste en la inyección a presión de grandes volúmenes de fluidos con el fin de fracturar rocas que tienen atrapado en su interior gas y petróleo. En esta técnica, un único pozo puede consumir entre nueve mil y 29 mil m3 de agua, es decir, entre 2.4 y 7.7 piscinas olímpicas. En un campo regular en el que se perforen seis pozos para extraer todo el gas del yacimiento, se utilizarían entre 54 mil y 174 mil m3 de agua, esto supone un gran riesgo, ya que varias regiones del país se encuentran en estrés hídrico. Además, las plantas de licuefacción y el transporte de gas por medio de buques metaneros implican emisiones significativas de metano, riesgos de derrames, afectación a las actividades productivas locales y una transformación irreversible de los ecosistemas marinos por el aumento de tráfico marítimo.
Pese a que se nos quiere vender un fracking más amigable con el medio ambiente, esto es falso porque después de dos décadas del fracking en Estados Unidos, existe una amplia literatura científica que documenta los impactos ambientales y sociales de esta técnica en las regiones donde se ha estado practicando y que documentan la contaminación atmosférica y, de aguas subterráneas y superficiales por fugas o derrames de fluidos de fracturación.
Técnicas como el fracking son parte de la idea de que la tecnología lo puede solucionar todo, como una fe ciega en la ciencia que considera que con la producción de grandes desarrollos tecnológicos podremos solucionar cualquier problema como la disminución de las reservas de gas y petróleo. Sin embargo, esto tiene una contradicción en sí misma, pues desconoce y desafía las leyes fundamentales de la física, como la termodinámica, que establecen límites en la energía y el trabajo que pueden realizarse en un sistema dado. Es decir, reconocen la imposibilidad de crecer de manera infinita en un planeta que es finito y tiene límites que nos restringen el crecimiento y el uso de energía y bienes comunes.
El uso de fracking en México no garantizará la soberanía energética y no nos conducirá a una transición energética justa. Depender de los combustibles fósiles también representa grandes desafíos especialmente en momentos de altas tensiones geopolíticas donde hemos visto que el incremento de los precios compromete, por poner un ejemplo, la seguridad alimentaria.
México está perdiendo la gran oportunidad de liderar un cambio regional para revertir la dependencia fósil, combatir las desigualdades de la pobreza energética y de garantizar la justicia socioambiental para toda la población y sus territorios. Es necesario que México construya una ruta clara y acorde con las problemáticas del país para la eliminación ordenada de los combustibles fósiles que incluya una diversificación sectorial en las fuentes de energía, analizar los altos consumos y priorizar que la energía más estable sea para hospitales, escuelas, centros de salud, entre otros. La dependencia fósil nos está causando más problemas de los que pretende solucionar y compromete gravemente nuestro derecho a un medio ambiente sano. Por eso refrendamos el No al fracking, ni aquí, ni allá, ni hoy ni nunca.