Orgullo, porque con miedo ya viví toda la vida

“¿Qué le pides a Dios cuando oras por mí, mamá?”. Me lo pregunté hace unos días, cuando descubrí la medalla de San Benito que dejó en mi mesa tras su más reciente visita. “¿Aún le pides a Dios que me cambie?”. Durante muchos años pensé que sí.

Entre las peleas y mi amor de hijo, intenté darle gusto. También busqué respuestas en silencio. Pero la mentira pesa más que la condena social. Al irme de casa sabía que renunciaba al cobijo familiar, pero no podía dejar de pensar en Nietzsche: “ningún precio es tan alto por el privilegio de ser uno mismo”. Siempre lo supe. Canek siempre estuvo ahí.

Hoy sostienen mi esperanza en un mundo donde la ternura puede extenderse más allá de la familia nuclear y hacerse comunidad.

Si mi mamá aún pide por un cambio en mí, tengo la certeza que no es por falta de amor y aceptación, sino porque ella sabe los horrores que se cometen cuando deshumanizamos a quien es diferente.

El auge de gobiernos ultraconservadores como los de EE. UU., Argentina, Alemania o Hungría ha significado un considerable retroceso y un factor para el incremento en las agresiones a personas de la comunidad LGBTIQAP+. Esto países que fueron pioneros en el reconocimiento de los derechos de la diversidad sexogenérica, hoy instauran una narrativa de odio y discriminación a esta y otras minorías.

En medio de un contexto global hostil con las personas de la población LGBTIQAP+, especialmente con las personas transgénero, por el auge y viralización de los discursos de odio he tomado la decisión de iniciar mi proceso de afirmación de género como hombre transmasculino.

No ha sido una decisión fácil, y los datos encrudecen el miedo: según un estudio presentado por el Observatorio Nacional de Crímenes de Odio contra personas LGBT en México, el 37.3% de la población LGBTIQ+ experimenta actos de discriminación anualmente, y seis de cada diez personas han sufrido algún tipo de violencia. En los últimos años (2019-2024) se registraron al menos 672 crímenes de odio, colocando al país como el segundo a nivel mundial con más delitos de este tipo.

Así, aunque parece que llegué tarde, estoy convencido de que llego a tiempo: para mirarme y reconocerme con amor y paciencia; para encontrarme con amistades, colegas y mi familia que, al nombrarme, me acuerpan y me dan fuerza.

Porque no es una lucha por un sector, es por la dignidad de todas las personas. Hoy toca resistir para reescribir la narrativa y recordar que las diferencias no amenazan a la sociedad: la enriquecen, la hacen más justa y más humana. Las leyes y las políticas públicas deben protegernos, nombrarnos y garantizar que nadie tenga que elegir entre su seguridad y la posibilidad de vivir con autenticidad.

Aunque mi historia es una entre muchas, ninguna historia se sostiene sola. Ahí es cuando tengo claro que, aunque la experiencia es individual, la esperanza tiene que ser colectiva: acuerpando, cuidando y solidarizando. Porque cada persona que puede vivir libremente abre camino para que otras también lo hagan. Porque cuando el Estado garantiza que nadie tenga que vivir con miedo por ser quien es reafirma que la dignidad no admite excepciones.

Este texto fue publicado originalmente el 1 de julio de 2026 en Sin Embargo.

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