El pasado 16 y 17 de abril, mujeres jornaleras provenientes de Guerrero, Baja California, Michoacán, Sonora y Sinaloa, levantaron su voz en el recinto del organismo internacional especializado en la seguridad social en América. Frente a autoridades de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social (STPS), el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (Sader), de la Cámara de Diputados, el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (Inegi), la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), entre otras instituciones, colocaron en el centro de la mesa su exigencia: el respeto pleno a sus derechos humanos.
Desde la Alianza Campo Justo impulsamos el foro “Sembrar el derecho a la seguridad social para las personas jornaleras” con la convicción de que cualquier política pública debe partir de escuchar a quienes viven, todos los días, las consecuencias de su ausencia. Por ello, las protagonistas del evento fueron las mujeres jornaleras, quienes compartieron sus realidades y los obstáculos cotidianos a los que se enfrentan para acceder a la seguridad social, un derecho reconocido en la ley, pero aún muy lejano en la práctica.
Este espacio se realizó en colaboración con la Conferencia Interamericana de Seguridad Social CISS), organismo intergubernamental fundado hace más de 80 años para promover la colaboración entre países y garantizar el acceso de todas y todos a la seguridad social, entendida como un derecho humano.
Ahora que se empiezan a anunciar medidas gubernamentales para la atención a las personas jornaleras, nos pareció central que las autoridades pudieran escuchar de manera directa las vivencias y demandas que Sara, Nubia, Erika, Eulogia, Dalia, Dana y Margarita compartieron, y sus cuestionamientos con respecto a las acciones de política pública que las instituciones están implementando y que a veces se sienten tan alejadas de la realidad que las mujeres jornaleras viven todos los días.
A lo largo del evento, mientras las autoridades presentaban sus datos, sus planes y los logros obtenidos, se vieron confrontados por las mujeres que constantemente cuestionaron que lo que presentaban, no era lo que ellas vivían. Denunciaron jornadas extenuantes, discriminación, malos tratos y ausencia de condiciones mínimas para sus hijas e hijos, e hicieron un llamado a las instituciones para que fueran a sus territorios, directamente a los campos agrícolas para conocer la realidad que viven.
El acceso a la salud y a los cuidados de sus hijas e hijos fue la demanda más reiterada por parte de las mujeres jornaleras. Denunciaron prácticas como la del uso de “pases” para la atención de la población jornalera en las clínicas que están cerca de los campos, la discriminación hacia ellas por su lengua o su forma de vestir, y el trabajo extenuante hasta el último día del embarazo por la falta de licencias de maternidad.
El testimonio de Dana, madre soltera en Michoacán, resume esta cruda realidad: “a mi niño le tengo que llevar al campo porque de plano no hay guarderías a donde llevarlo, pero es peligroso porque hay serpientes y alacranes; es muchísima gente que está cortando limón, jitomate, tomate, pepino […]. Yo llegué con tres meses de embarazo, trabajé hasta el último día y me alivié en la noche en un hospital general, descansé dos semanas y me puse a trabajar de nuevo porque no hay nada para nosotras”.
Frente a estas condiciones, los mecanismos de atención mencionados por las autoridades (páginas de internet, teléfonos para alguna queja) quedan lejanos e inaccesibles: “eso de la tecnología no es para nosotros. Muchas compañeras no entienden el español y entonces no tienen acceso a eso que nos dicen”; “nos dicen que lo hagamos por internet. Allá no hay señal y eso lo hace lejano. No nos informan donde registrarnos y como no sabemos leer ni escribir pues no nos podemos registrar”.
“Además, los horarios con los que trabajan son difíciles. Por el trabajo no tenemos tiempo de ir, trabajamos dos turnos. Tenemos dos trabajos y no hay tiempo para preguntar. No nos informan y no nos enteramos de muchos programas, sólo cuando ya pasó”.
Uno de los testimonios sintetizó la urgencia vital de la demanda: “las mujeres jornaleras no nos queremos morir jóvenes” y este es el mensaje central que esperamos que las autoridades se lleven.
Lo que exigen las mujeres jornaleras es simplemente que se les garanticen sus derechos y reconozcan la aportación que con su trabajo le hacen al país y al mundo: “gracias a nosotras, comen todos los días”. Las autoridades deben salir de sus escritorios y voltear a ver y escuchar a las mujeres jornaleras y su cruda realidad para diseñar políticas públicas que verdaderamente atiendan su realidad. Sólo así será posible sembrar justicia en los surcos donde hoy persiste la desigualdad.