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No hay lugar en este país

En “No hay lugar en este país” descubrimos historias habitadas por la esperanza de quienes han aprendido a vivir y a caminar de la mano, del amor inconmensurable de quien toma una pala para buscar y enterrar dignamente a las hijas y los hijos de este país herido.

¿Es posible hablar (de) la guerra, cuando el lenguaje también ha sido devastado por la crueldad que desgarra lo que hace una vida vivible? ¿quién recuerda el día en que las y los muertos empezaron a ser noticia, y luego estadística, y luego nada? ¿alguien puede decirnos cómo fue que el verbo desaparecer dejó de hablar de dinosaurios? ¿dónde quedó aquel mundo en el que las palabras podían acompañar la vida y la muerte? ¿hay un lugar en este país, para lo que hemos perdido?

¿Es posible hacer un lugar con palabras, para quienes nos hacen falta, para quienes les buscan, para todas y todos? “No hay lugar en este país” desafía el silenciamiento y nombra el horror, que, de tan cotidiano, se nos ha vuelto invisible.
« Hacer un lugar con palabras »

Las y los autores del libro “No hay lugar en este país” cuentan sobre la herida de la desaparición que abre un abismo, un antes y un después. El después de la guerra que penetra en las casas, rompe, arranca, y fractura. La desesperación y el tiempo que, detenido, parece una eternidad frente a la indolencia de quien no quiere recibir una denuncia porque está por acabar su turno. En estos relatos la crueldad se multiplica disfrazada de trámites burocráticos, oficios, diligencias mal hechas, restos humanos en bolsas de plástico.

« Hacer un lugar con palabras »

En “No hay lugar en este país” descubrimos historias habitadas por la esperanza de quienes han aprendido a vivir y a caminar de la mano, del amor inconmensurable de quien toma una pala para buscar y enterrar dignamente a las hijas y los hijos de este país herido.